La actitud importa

La flor de la naquez


Si te dices ROCKER, es altamente probable que seas antireggaeton, antibanda, antiduranguense o antielectrónica. Dirás muchas cosas pero en el rincón oculto de tu iPod, donde se guardan todas las culpas, seguro aparecerán: Don Omar, Pancho Barraza o La tigresa del oriente. Tal vez, si te da por ochentear, hasta esta chulada:

 

Recuerdo la guarrés que era esa rola a finales de los ochenta. Como muchas otras cuestiones culturales, lo guarro se volvió poco a poco hipsterosamente cool. Escuchar Mike Laure, saberse cumbias, saber quién fue Chico Ché y bailar salsa se volvió “muy acá”. Esto no sólo pasa en música o danza, como dije: en muchas áreas de la cultura, lo desaprobado en algun momento se aprobó: literatura, comics, arte gráfico y hasta la forma de hablar.

Inline image 1¡No! Decir ‘chale’ no se oye ‘chido’ -Mamá ochentera

Ocultar culpas es humano. El detalle que no me simpatiza (pero que, ¡ay! también es humano) es que justo las personas de mente “muy acá y muy abierta” resultan las más severas al juzgar y condenar lo que no les gusta. Para todo tienen los mismos argumentos que los “ignorantes e intolerantes” usan para la música que ellos escuchan: si no es clásico/virtuoso/armónicamente complejo/Bach, entonces no es bueno.

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 ”Vengo del futuro a gobernar California con mis contracantos, baby”

 

En cuanto inicia el dembow, base rítmica del reggaeton y similares, empieza la guerra…No es por equiparar a San Mozart con Don Omar, que conste, sólo me molesta su doble argumento: utilizan sus mismas quejas en contra de los otros sin bases realmente fundamentadas; insisten en comparaciones con otros géneros que no tienen nada que ver ni en origen ni en raison d’etre. Esto pasa entre no músicos y músicos, tristemente; sólo cambia el vocabulario (a veces). Cuando un músico podría decir: “su armonía me aburre”, “su melodía me parece poco interesante”, “las letras vulgares me irritan” suelen decir que “¡Ay sí, pero que toque como Steve Vai, si no, no”, “Pf, ese güey seguro no se sabe ni la escala menor armónica” o hasta: “Ese Daddy Yankee me caga por sus rimas baratas”. Me parece mucho más humilde y sensato “eso no me gusta” que: “eso no es música” sin bases de tal afirmación. En casos así, la mera verdad, avioneo al occiso y pienso en otra cosa.

Inline image 2 Pineapple… esto no sabe a manzana. ¿A quién se le ocurrió eso?

 

Siendo honesto no simpatizo con el entorno cultural del reggaeton y, por eso mismo, también le rehuyo al ambiente bandero pero sí tengo dos que tres rolas de esos géneros. ¿Por qué? Me gustan. No por razones musicales muy académicas, a veces me divierte la letra, a veces la canción me entretiene, algo de la producción me es interesante, algún instrumentista colabora o nomás son rolas chidas pa echar cotorreo. He pensado si se puede bailar, perrear o rapear igual con Beethoven. No estoy muy seguro.

Dicen que las vulgaridades y “degeneradencias” en exceso no son arte. Aquí hay algo que tomar en cuenta: si el arte es expresión y provocación de emociones: entonces sin duda lo son. Si el arte se define como otra cosa, como algo sublime… vayan sacando los cervezcos porque esta discusión va para largo. Retomando: “Ella baila hasta sola/Como grande mueve la cola…” Claro, no es lo más elegante que puede uno cantar pero letras de ese estilo no son novedad. En los inicios del blues se decían cosas harto más tremendonas. Algunos corridos…¡Ah jijo!. Se dice que las letras son prácticamente pornografía por su contenido y estoy de acuerdo… hasta cierto punto. A mí me parece más pornográfico el jazz, finalmente se disfruta con el goce ajeno.

Inline image 1 “¡Oh sí, dame más de tus cromatismos!”

 

Que cada quien escuche lo que le plazca. ¿No es una solución más fácil evitar los lugares donde suena esa música horrible que nos hace volver la barriga que tratar de imponer nuestros gustos personales como supremos? ¿Mejor divertirse tolerantemente o amargarse la fiesta? Eso sí, los que traen su musicota (la que sea) en los altavoces del celular: ¡Compren pinches audífonos y úsenlos!

Por: Yang E. Coutiño

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